Para entender cómo Guayaquil se convirtió en la primera ciudad del Ecuador en contar con una completa red de tuberías e hidrantes, concebida específicamente para salvarla del fuego, hay que recordar dos tragedias: el Gran Incendio del 5 de octubre de 1896, que destruyó cerca de 90 manzanas; y el Incendio del Carmen, del 16 de julio de 1902, que arrasó otras 26. Entre ambos flagelos desaparecieron todas las edificaciones de madera de la ciudad y decenas de miles de personas quedaron sin hogar.
Otras ciudades de Latinoamérica enfrentaron el mismo problema construyendo redes destinadas a garantizar el suministro de agua en caso de incendios. Guayaquil siguió ese ejemplo con una ventaja: tenía a sus pies el río. En 1898, Miguel G. Hurtado, primer jefe del Cuerpo de Bomberos, impulsó la construcción de una Planta Proveedora de Agua que fue inaugurada en 1905.
La Guía Comercial y Agrícola del Ecuador de 1909 describe su funcionamiento: bombas de vapor captaban agua del río Guayas y la elevaban hasta tres reservorios instalados en el cerro del Carmen, con una capacidad conjunta de tres millones de litros. Por efecto de la gravedad y mediante un sistema de válvulas de control, 29,8 kilómetros de tuberías de hierro fundido llevaban el agua hasta 280 hidrantes distribuidos por toda la urbe.
Para una ciudad de unos 80.000 habitantes, aquello representaba 3,5 hidrantes por cada mil personas, una proporción superior a los 2,5 de Nueva York y a los 2,7 de Baltimore, en Estados Unidos, según la misma guía.
La red enfrentó una de sus mayores pruebas el 9 de octubre de 1917. Ese día se incendió el edificio de madera de la Gobernación del Guayas, construido apenas cuatro años antes. Los hidrantes proporcionaron el agua necesaria para contener las llamas e impedir que el fuego se extendiera, como había ocurrido en el pasado. El 14 de octubre, los ciudadanos se organizaron de manera espontánea para homenajear a los “heroicos legionarios de la chaqueta roja”, como los llamó la prensa. La revista Patria, conservada en la Biblioteca Municipal, dedicó varias páginas a las imágenes del combate contra el fuego, las ruinas de la Gobernación y las manifestaciones de gratitud.
El Benemérito Cuerpo de Bomberos de Guayaquil y la Planta Proveedora de Agua se convirtieron en motivo de orgullo para la ciudad. Por eso, sus fotografías se incluían con frecuencia en libros, revistas y diarios. No era para menos: el terror provocado por los grandes incendios del pasado, por fin, comenzaba a disiparse.
Más de 120 años después, en el Museo del Bombero Ecuatoriano Jefe Félix Luque Plata se conservan algunos de los hidrantes que formaron parte de aquella primera red. Mientras tanto, en la esquina del edificio conocido como El Crillón, en la Plaza de la Administración, todavía permanece uno. Es el más cercano al lugar del incendio de 1917 y, quizá, el mismo que captó un fotógrafo en aquella jornada en la que, por fin, Guayaquil venció a su enemigo de toda la vida: el fuego.













