En 1930, mientras el Ecuador conmemoraba el primer centenario de su vida republicana, Guayaquil también miraba hacia adelante. En una ciudad cuyo desarrollo económico y social estaba íntimamente ligado al río Guayas, la innovación encontró en sus aguas el escenario ideal para imaginar nuevas formas de transporte. Ese mismo año nacieron dos proyectos tan ambiciosos como visionarios: una motonave con capacidad para transportar 1.500 pasajeros y un deslizador turístico que prometía conectar el continente con las islas Galápagos en apenas 17 horas.
La primera iniciativa fue liderada por Manuel Granja Cevallos, quien construyó la motonave Guayaquil para atender el intenso flujo de pasajeros entre Guayaquil y Durán. En aquella época, el río era la principal vía de conexión entre ambas ciudades, pues el Puente de la Unidad Nacional aún no existía y sería inaugurado cuatro décadas después, en 1970. Miles de viajeros dependían diariamente de este cruce para continuar sus recorridos, especialmente quienes utilizaban el Ferrocarril Trasandino, convirtiendo al transporte fluvial en un componente esencial de la movilidad nacional.
Ese mismo año, el ingenio guayaquileño volvió a sorprender. El mecánico Miguel Cheves Dumes presentó ante la prensa los planos de un deslizador turístico para tres personas, un proyecto que desafiaba los límites tecnológicos de su época. Pero su propuesta no terminaba allí: también diseñó una versión con capacidad para 40 pasajeros que, según sus cálculos, permitiría realizar un viaje de ida y vuelta entre Guayaquil y las islas Galápagos en tan solo 17 horas.
La dimensión de esta idea cobra mayor relevancia al recordar que, en la década de 1930, recorrer los más de 1.000 kilómetros que separan al continente del archipiélago requería entre tres y cinco días de navegación. Casi un siglo después, ese trayecto se realiza en menos de dos horas mediante vuelos comerciales, lo que evidencia cuán adelantada a su tiempo resultaba la propuesta de Cheves Dumes.
Si bien ninguno de estos proyectos llegó a transformar de manera definitiva el sistema de transporte del país, ambos representan el espíritu emprendedor, creativo e innovador que distinguía a Guayaquil. La motonave Guayaquil y el deslizador hacia las Galápagos compartían una misma visión: aprovechar el río como punto de partida para acercar personas, impulsar el desarrollo y abrir nuevas rutas hacia el futuro.
A casi cien años de aquellas iniciativas, estas historias permanecen como testimonio de una ciudad que nunca dejó de imaginar en grande. Son el legado de una generación que desafió las limitaciones de su tiempo y apostó por la innovación como motor de progreso, una visión que continúa formando parte de la identidad del Guayaquil de mis amores.








