Hoy cambiar de una película a otra toma segundos desde cualquier pantalla. En 1924, en Guayaquil, la experiencia era distinta. Había que revisar el periódico, escoger entre funciones y horarios, y acudir a una sala para ver historias mudas, muchas veces con subtítulos en otro idioma o incluso con títulos modificados para captar la atención del público.
Una revisión de julio de 1924 del diario El Telégrafo permite reconstruir esa cartelera y asomarse a la dinámica cultural de la época. Las salas se distribuían entre teatros y cines que ofrecían una programación variada, marcada por producciones internacionales y seriales de aventura.
En los teatros Colón e Ideal se exhibía Violetas Imperiales, filmada en Sevilla y París y protagonizada por Raquel Meller. El cine popular Quito presentaba El Aquilón, con la actriz y bailarina Violette Napierkowska, mientras que el cine Ecuador anunciaba La Madre Eterna, descrita en prensa como un drama sentimental. El Victoria, por su parte, apostaba por las series de aventuras con títulos como Los Corsarios, El Náufrago y El Cautiverio de los Caníbales.
La cartelera también reflejaba una industria con tiempos distintos a los actuales. Las entradas costaban entre 0.60 y 2.50 sucres, dependiendo de la ubicación o la novedad de la cinta. No era extraño que algunas películas llegaran a Guayaquil hasta siete años después de su estreno original.
Ejemplo de ello era la programación del Parisiana, que apostaba por el suspenso con Las Cara de la Sombra, protagonizada por Mae Marsh y Niles Welsh (The Face in the Dark, 1918). En el teatro Edén se proyectó Las Aventuras de Marta, producción de Paramount Pictures protagonizada por Vivian Martin, cuyo título original era The Innocent Adventuress (1919).
La oferta se completaba con una amplia variedad de títulos, como Cristóbal Colón: El Descubrimiento de América, Los hermanos Corso, El Buen Perdedor, El Presidiario No 1117, Cásate y verás, La isla sin nombre, Sendas contrarias, Esposas imprudentes, La historia de Enrique IV, Viuda alegre, La Corsetera de Montmartre y El vals del amor, entre otros.
Pero más allá de la diversidad de la cartelera, ese año marcaría un hito en la historia del cine nacional. El 3 de agosto de 1924, El Telégrafo y El Universo anunciaban el próximo estreno de El Tesoro de Atahualpa, destacándola como “la primera película nacional de argumento”, con exhibición prevista en el Teatro Edén.
Un siglo después, esa película, la primera hecha en Ecuador, permanece desaparecida. Y con ella, una parte clave de la memoria cinematográfica del país.










